Por: Laura Santamaría Buitrago Mamá sacaba el árbol de la caja y el polvo la hacía estornudar. El olor a plástico viejo atestaba la sala. Los niños sacaban las bolas. Les limpiaban el polvo, mientras se reían de sus reflejos distorsionados en el vidrio rojo. Papá desenredaba las luces con paciencia y verificaba, uno a …
Autor: Laura Santamaría Buitrago
Sala 72
Por: Laura Santamaría Buitrago Las aspas de la brilladora sonaban, monótonas, contra la baldosa. Margarita la llevaba y traía en una repetición sin fin. Corrían ya los últimos viajeros con sus maletas engorrosas y sus chaquetas a medio poner, en una carrera frenética por volver a casa antes de las doce. El tráfico de Bogotá, …
Melancolía
Laura Santamaría Buitrago Se levantó una mañana y vio el hoyo en la esquina, al lado de la cama. Era pequeño, una mancha más bien insignificante. Después de servirse el café, aún adormilada, se acercó a observarlo. Aunque reducido, el hoyo parecía no tener fondo y una densa oscuridad lo abarcaba. Lo limpiaría más tarde, …
Servicio de alquiler
Gregoria, mi tatarabuela, siempre fue un mujer precavida. Una tarde, después del almuerzo, cuando el calor de Monte Bonito -un pueblo caldense perdido entre montañas- arreciaba sobre el comedor, le dijo a sus hijas: -mijas, consíganme un carpintero, que voy a mandar a hacer mi ataúd-. Aturdidas, se miraron entre ellas, temiendo que su madre …
El Salto
Miranda, la gata parda, llevaba meses intentando alcanzar la alacena. El tarro de atún resplandecía frente a sus ojos como el mayor de los tesoros. Lo había intentado todo. Afilarse las uñas, estirarse más allá de la elasticidad de su cuerpo peludo, impulsarse con los bigotes, maullar hasta la ronquera. Un día, supo que la …
Encuentro
Ella llegó primero, siempre le ha gustado ser la que espera. Llevaba una blusa vino tinto, el pelo largo puesto sobre el hombro, sus ojos pintados con delineador negro y los labios que hacían juego con el color de su camisa. Se sentó en su mesa favorita de aquel bar, ese que siempre le había …
El regreso
Había pasado un rato desde que dejó de caerle tierra encima, y que ya no escuchaba los sollozos ni los pasos de nadie. Su madre era la última que se había ido, con pasos lentos, resignada de dejarle allí, en ese lugar tan poco amigable. Aquel cajón, no obstante, no se le antojaba tan desagradable. …