El regreso

Había pasado un rato desde que dejó de caerle tierra encima, y que ya no escuchaba los sollozos ni los pasos de nadie. Su madre era la última que se había ido, con pasos lentos, resignada de dejarle allí, en ese lugar tan poco amigable.

Aquel cajón, no obstante, no se le antojaba tan desagradable. Era cómodo y, salvo un par de gusanos que ya se metían por entre el borde, era suyo. Habiendo crecido con cinco hermanos, eran pocas las cosas que eran solo de su propiedad. Se sentía tranquilo en el silencio de este, su nuevo hogar.

Con el paso de las horas, empezó a aburrirse. A decir verdad, no es que los gusanos sean grandes conversadores. Por lo que decidió salir a explorar. De seguro, todos los demás estaban igual de desocupados que él. Es poco lo que hay que hacer después de la muerte.

Se acomodó la camisa, agradeciendo que su madre haya elegido precisamente esa para que lo acompañara en su vida de fantasma. La elegancia, ante todo.  Apretó los párpados fuerte y en un instante estuvo al lado de su lápida, frente al curioso paisaje de ese lugar.

Contrario a lo que imaginaba, no vio esqueletos andantes, ni mujeres despeinadas lamentándose en sus batas blancas. Solo vio las flores que, olvidadas, se mecían con el viento de aquella tarde que caía.

Comenzó a caminar. Debía haber alguien. No podía creer que la eternidad fuera a ser tan solitaria. Por un momento temió que su destino fuera ese. Deambular. Y uno que otro día, pegarle un susto a alguna persona distraída que estuviera por allí.

-Son lindos los cementerios, pensó- mientras recorría este lugar lleno de esculturas blancas, nombres de personas, souvenirs y cruces de todas las formas posibles. Había ido a pocos, realmente no estaba en sus planes morir tan joven.

Después de mucho deambular, se sentó sobre una vieja lápida, algo decepcionado de la vida después de la muerte. De repente, vio que alguien corría entre las lápidas del frente y escuchó risas juguetonas. Se puso de pie y, sigilosamente, se acercó hacia la risa. Ella corrió, jugando, invitándolo a perseguirla. Entre las lápidas es divertido jugar a las escondidas.

Después de correr un rato, él dijo entre risas: – Bueno ya, ¡déjame verte!-. Le respondió la misma risita risueña, que se asomó tímida detrás de un ramo de gladiolos. Él se acercó lentamente.

–          Ven, dime tu nombre-, le dijo.

Lentamente, una niña de cabello castaño salió de detrás de las flores. Llevaba una hebilla en el pelo y un viejo conejo de peluche en la mano. – Soy Lucía- dijo, – ¿Y tú?-

–          Yo soy Miguel. Acabo de llegar. ¿Es siempre así de solo?-

Lucía soltó otra de sus risitas. Lo miró y lo tomó de la mano. Él la siguió, dándose cuenta de que ya no necesitaba usar los pies. Levitar era más adecuado. Al cabo de unos minutos llegaron a un mausoleo, que se veía bastante humilde y pasaba casi desapercibido. Lucía tocó la puerta.

Una mujer abrió la puerta. Llevaba un gran sombrero de ala ancha, como los que se usaban en la Bogotá de los años 50.

-Bienvenido, Miguel-. Te estábamos esperando, le dijo sonriente y lo abrazó.

Entró. Y allí se dio cuenta que la muerte no era en absoluto aburrida. La muerte, contrario a lo que le habían dicho, era una fiesta. 

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2 comentarios en “El regreso

  1. Avatar de Angel Buitrago Angel Buitrago

    Es así como se debe persivir la verdadera vida, «una fiesta» antes y después de lo que nunca acaba… La vida. En hora buena por tus escritos. Me fascinó tu cuento. A mi no me gustan los gatos, pero sé amar a los que los aman.

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