El barco, el mar, el cielo. La misma escena todos los días sin necesidad de levantarse de su cama. La calma, la brisa, el sueño. De vez en cuando un susurro de las olas. Todo en paz hasta que la nave llegó a un remolino y se estrelló contra unas rocas.
-Despierte Juan- susurró Emilia, la enfermera. Repitió la frase 10 veces como lo había hecho todos los días, durante los últimos 15 años, pero no tuvo respuesta. Siempre tenía la sensación de que le respondía pero miraba por horas a ese hombre y solo veía que le saltaban los párpados.
-Cuándo te despertarás ¡maldita sea!- refunfuñó Emilia. Luego de bañarlo, arreglarle la cama, inyectarle su medicamento y conectarlo a la máquina, lo abrazó y miró su cara inmóvil, a la que solo le salía barba que ella tenía que afeitar. –Quince malditos años Juan y no haces nada por mí. No me dejas libre, muérete o vive, pero no me mates a mí- le reclamaba, pero lo único que escuchaba era el bip-bip del aparato. –Buenas noches Juan-.
El timón del barco estaba bloqueado y no había forma de avanzar. Sin embargo, el cielo estaba más azul que los últimos días, volaban gaviotas y provocaba estirarse en la cubierta. Todo parecía perfecto.
– ¿Qué hacemos Juan?- preguntó Lía.
–Creo que debemos esperar un poco, a fin de cuentas ya estamos cerca. No te preocupes-, le respondió.
–Dices cerca desde hace 15 años y la isla no aparece. Creo que no existe tal lugar. Nos hubiéramos quedado viviendo en La Marmota…Qué bien la pasamos allí. No había motivos para aburrirse y yo me estoy empezando a llenar de tedio. Necesito salir.
–La isla existe Lía. Créeme. Ya hemos pasado lo peor. Olvidarás La Marmota.
–La isla, la isla, la isla. Ya no quiero ir a la isla. Regresemos a La Marmota. Te he seguido todo este tiempo pero tanta paz me está hastiando.
– ¿Qué sentido tiene volver con las manos vacías? Es como decirle no a todo lo que he soñado y creído todos estos años. Regresar es vivir todos los días pensando en lo que pudo haber sido, en lo que no conseguí. Es reprocharme por qué no lo hice.
–Es tu sueño Juan, no el mío y ya no lo quiero. Pensé que nunca lo diría pero. Oh, por Dios, no tengo sueño. Me conformo con estar tranquila mirando el mar desde La Marmota. No quiero más.
– ¿Sabes lo que estás diciendo Lía? Abandonas todo sin saber qué es lo que sigue, qué nos depara este mar, esta vida… Siempre admiré tu coraje, tus ganas de vida, de conocer el mundo y saborearlo. Ya no eres tú, Lía.
–¿No lo entiendes? Puedes dejar de pensar en tí, solo por un momento. Yo no quiero tu isla, ya la detesto, de tanto esperarla me cansé. Ya el tiempo pasó para mí y no quiero ser como de esas novelas en las que el personaje después de caminar toda la vida encuentra por fin lo que estaba buscando. Solo te pido que me regreses a La Marmota y luego sigue tu solo adelante con tu maldito sueño. O si en realidad desistes de esa isla y apuestas por mi intentas buscar tu sueño conmigo en La Marmota.
–Es una locura regresar. Tardaríamos 300 días y ya presiento que mi isla esta a menos de 30. Hoy podemos quedarnos aquí mirando el atardecer mientras reparo los daños en la proa y el timón. Piénsalo Lía, podemos ser felices, eso es lo que tiene la isla.
Juan apresuró los arreglos mientras Lía se paró en cubierta y encendió un cigarrillo. Pensaba que todos esos años junto a Juan se había perdido. Su norte ahora era él y el sueño de él, hacerlo feliz a él. Todo lo que había hecho antes de conocerlo lo había abandonado y ahora no podía aferrarse a un deseo de ser alguien.
–Creo que encontré la falla. El golpe solo averió una parte del mastil y también la popa. Podemos continuar mañana temprano y quedarnos esta noche aquí. Es linda la tarde y pronto el cielo será azul oscuro.
–Treinta días Juan. Si en ese lapso no encontramos tu bendita isla nos regresamos a La Marmota ¿Quieres fumar?
II
Emilia se levantó como de costumbre a las 6:15. Tenía una rara manía de empezar todo a una hora que no fuera exacta. Detestaba los dos ceros de la exactitud. Por eso a las 7:40 tomó el autobús rumbo a la clínica donde llegó a las 8:50.
–Despierta Juan- susurró 10 veces, como siempre. Puso flores, abrió las ventanas, cambió las cortinas y encendió la grabadora. “Sé cretino que tú me escuchas. Pero estoy cansada de hablar sola y que no te dejes ayudar –le reclamó-. Te tengo hoy la mejor noticia de todas. Ya no tendré que esperar a que quieras hablarme. Ya no tendré que comer sola. No tendré que verte en la mañana y acompañarte todo el día para luego sentirme sola en la noche cuando vaya a dormir”.
Emilia hablaba y hablaba. Pero a diferencia de todos los días estaba contenta. Luego miró la ventana y se quedó pensando. Por fin acabaría de pagar la deuda y podría largarse para donde quisiera. Eran 30 días lo que tenía que esperar y su vida daría un giro.
Recordó esa tarde en la que conoció a Juan. Era martes y estaba feliz conduciendo su nuevo carro. Encendió la radio y cantó con fuerza “Just a perfect day”, de Lou Reed. Fue en ese momento cuando Juan apareció de la nada en su bicicleta y cayó en el capó, pegó en el parabrisas y de nuevo volvió al suelo. Emilia no alcanzó a parpadear. –Un día perfecto, maldita sea– se lamentó y se bajó del vehículo.
–Me escuchas. Hola. Por favor reacciona– decía mientras lo miraba. Tomó el teléfono y llamó a emergencias. Siguió insistiendo pero parecía muerto. Se arrodilló a llorar y nada pasaba, ni siquiera un quejido. Cuando llegó la ambulancia estaba en shock. Le dijeron que estaba vivo y ahora habría que esperar. Emilia descansó un poco y empezó a responder las preguntas de los policías quienes la acompañaron hasta el hospital a esperar a ver qué pasaba con Juan.
– ¿Cómo se llama la persona a la que atropellé?- preguntó a uno de los oficiales.
– Se llama Juan Eusebio Alberto- le respondió uno de ellos. –Ya llamamos a su madre y
viene en camino. Si gusta puede volver más tarde- añadió.
– Yo trabajo justamente aquí, soy enfermera. Hoy tengo el turno de la noche pero con todo esto no sé que pueda pasar ¿Si muere iré a prisión?
– Hay que esperar que se determine quién fue el culpable. Por lo pronto, le aconsejo que tenga paciencia.
Emilia pidió a la jefe de enfermeras que la tuviera al tanto de lo que pasara con el paciente y que, de ser posible, cuando saliera de cirugía le permitiera atenderlo. Luego fue a la máquina por un café y regreso a la sala de espera. No tenía cabeza para trabajar y solo deseaba que el paciente no muriera.
Al hospital llegó una mujer de 1,60 de estatura, cabello plateado y vestida de negro. Le preguntó a la recepcionista por Juan Eusebio Alberto y le recomendaron esperar en la sala donde estaba sentada Emilia.
–Una mujer borracha atropelló a mi hijo y vaya a saber que va a pasar con él. Deberían encerrar a todos esos asesinos del volante para que no sigan haciendo daño- se lamentó la señora, de unos 60 años, mientras miraba a Emilia.
–Señora, yo arrollé a su hijo. Soy Emilia, enfermera y trabajo acá. No estaba bebiendo se lo aseguro. Su hijo apareció de la nada y no pude frenar… Lo lamento tanto-, respondió Emilia luego de tomar la mano de la angustiada madre.
–Si Juan se muere quedaré completamente sola ¿Sabe lo que es eso? Durante 30 años me ha acompañado y nunca ha pasado un día sin que él vaya a dormir a la casa. Está joven y es responsable. Siempre salía los martes en su bicicleta a comprar frutas donde José, a 5 kilómetros de nuestra casa… Siempre salía a las 7:20 porque no le gustan las horas exactas.
–Le prometo señora que si vive, a su hijo lo cuidaré todo el tiempo que sea necesario. Es lo único que puedo hacer para resarcir el daño.
Había pasado dos horas y el médico salió de la sala de operaciones y preguntó por los familiares de Juan Eusebio Alberto. La madre se le acercó y el hombre la miró y agachó la cabeza.
– Sobrevivió, pero estará conectado al ventilador mecánico por mucho tiempo. Es probable que esté así meses, quizá años. Por ahora descartamos una muerte cerebral. Pero en cualquier momento podría despertar o quizá nunca- le dijo.
–Me está diciendo que mi hijo es un vegetal ¿No hay nada qué hacer? Dígame que es mentira y despertará pronto.
–Me temo señora que no será así. El trauma encefálico es muy grande y de milagro aún respira. Tiene que ser fuerte.
La mujer miró a Emilia. –Me ha cagado la vida, pero no puedo condenarla. Solo espero que cumpla su promesa. Pero hay que hacer las reglas.
–Lo lamento tanto, tanto– dijo Emilia quien no paraba de llorar. –Dígame como puedo cumplir la promesa.
–Es sencillo. Cuidará a mi hijo todo el tiempo necesario. Día y noche. Aquí o afuera del hospital. Si se recupera también lo acompañarás y si no estarás con él los años que sean necesarios. Este pacto solo se romperá. Es decir, dentro de 15 años, lo que te darían de pena por atropellarlo. Yo no formularé cargos ante las autoridades. Si tomamos como base la fecha de hoy esto se romperá el martes 24 de febrero de 2008.
Emilia asintió y agachó la cabeza. En el fondo tenía fe de que esa promesa se rompería pronto…Aunque sabía que esa también era una forma de expiarse. Después de despedirse de la madre de Juan pidió permiso a su jefe y se fue caminando a la casa. No tenía ganas de conducir.
– ¡Por qué tenías que llegar a mi vida Juan! – se reprochaba mientras poco a poco volvía al presente. –Si no despiertas en un mes lo siento por tí que no te has dignado a perdonarme en todo este tiempo y no quieres darme una señal, no quieres dejarme libre. Aunque no sé qué será de mi vida a partir de ese día, porque me has ocupado cada minuto y pensamiento en todos estos años, te lo juro que me largo aunque tu madre resucite a reclamármelo.
III
Jueves 25 de enero de 2008. Lía se despertó sobresaltada. Había soñado que el barco se quedaba dando vueltas en remolino y nunca podía salir de allí y todo pasaba lento mientras ella envejecía de prisa. Se aferró al pecho de Juan para seguir durmiendo pero no pudo conciliar el sueño. Estaba a punto de amanecer y se levantó a preparar café.
El cielo estaba rosado y el mar parecía una piscina en la que de vez en cuando brincaba un pez. Lía tomó una bocanada de aire, cerró los ojos y se imaginó por un momento en La Marmota. Deseaba volver allí y cruzaba los dedos para que en los 29 días que faltaban Juan no encontrara nada. Luego los abrió y observó una playa en la que se alzaba algo. Tomó el telescopio y divisó algo que parecía un castillo. Se refregó los ojos y volvió a mirar y allí estaba. En sus balcones había flores de varios colores mientras que los pájaros revoloteaban.
–Juan, despierta. Creo que llegamos antes de lo previsto– gritó. Juan se levantó y subió a cubierta. Luego cogió su libro de navegación y calculó las coordenadas.
–Hay algo extraño Lía. Aquí se supone no debe haber nada. Pero creo que esta puede ser mi isla. Oh por Dios es mejor de lo que soñaba– decía con su ojo en el telescopio y brincando en cubierta.
Lía se sentía culpable de haber deseado que no apareciera y por eso se aferró a Juan en un largo beso. –Ya podremos desembarcar por fin. Pero qué haremos allí distinto a La Marmota- preguntó.
–No desesperes mujer. Te lo dije, ser felices. Es lo que he esperado toda mi vida. Así que disfruta este momento.
Juan bajó al cuarto de máquinas y revisó la planta propulsora, los generadores, las calderas y las bombas de lubricación para poder aumentar la velocidad y llegar cuanto antes a la isla. Si duplicaba la potencia estaría allí al anochecer. Tenía todo preparado para ese día pero ahora que había llegado no sabía por donde empezar. Había planeado poner velas rojas y un tapete verde para el descenso. Llevaba dos cajas de champaña para celebrar la primera semana. Una colección de libros para leer hasta el día de su muerte. También un astrolabio para no olvidarse del resto del universo. Y lo más importante, una mujer con quien envejecer.
Pronto atardeció y según lo planeado por Juan cuando el sol empezara a esconderse estarían en la playa. El cielo tenía rayas de colores pastel y el agua empezaba a parecer plateada y brillaba con las últimas líneas de luz. El día había llegado y Juan se aferró a Lía.
La playa estaba a menos de tres kilómetros y el mar empezó a estrecharse. La luna se asomó. Era roja. Perfecta. Sin embargo, a medida que avanzaba el barco se alejaba el castillo. –Es la ansiedad– pensaba Juan mientras su sueño se hacía más esquivo. Lía lo miraba y trataba de darle fuerza. Pero era inútil, como pasa siempre, cuando se quiere llegar pronto el camino se alarga. Juan giró su timón pero de pronto el barco no quiso andar. Ya estaba amaneciendo. El mar se había vuelto río y una empalizada había frenado el camino. El hombre no tuvo otra opción que dormir y postergarlo otra vez.
Amaneció y tan pronto el sol les pegó en la cara Juan y Lía corrieron hasta la proa para verificar que la isla existía. Ahí estaba al frente, era majestuosa, pero no entendían por qué unos palos les impedían continuar.
–Lanzaré uno de los botes salvavidas y trataré de mover los palos– dijo Juan.
–Está bien, no tardes. Haré café.
Juan empezó a mover la empalizada y comprobó que a medida que avanzaba el camino se hacía más angosto. Había pasado mucho rato moviendo la basura y cuando miró hacia atrás no había barco. En cambio la isla estaba mas cerca que nunca. Debía decidir si llegaba solo y después volvía por Lía o regresaba y postergaba.
Juan decidió hacerlo solo. No había tapete, ni champaña ni mujer pero había llegado. Se bajó del bote y no se atrevía a avanzar hacia la ribera. Pero el agua comenzó a empujarlo y cayó en la orilla. El sol lo enceguecía y el castillo soñado que veía a lo lejos parecía aplastarlo. Se llenó de pánico pero se refregó los ojos y se sentó.
– ¡Estoy aquí! ¡Lo hice! – gritó y se paró a observar su nuevo destino. Pero cuando miró para atrás no había agua, ni empalizadas ni nada. –¡Lía! ¡Lía! – volvió a gritar y empezó a sentirse solo. Miró y no había nada alrededor. Todo empezaba a hacerse más pequeño y solo quedaba la puerta del castillo. –¡Lía! ¡Lía! – intentó de nuevo y no había nada. Sentía que todo había sido mentira y esa mujer tampoco existía.
Juan no tuvo más opción porque el espacio se reducía y empezó a sentirse mareado como si estuviera en el barco dando vueltas en el remolino. Desesperado se lanzó a la puerta del castillo.
–Despierte Juan–susurró Emilia, la enfermera. Repitió la frase 10 veces como lo había hecho todos los días, durante los últimos 15 años.
–Pensé que no existías– le respondió.
