La momia

Un disparo de luz reventó el sello del sarcófago.
Estaba abierto y lo supo por el calor que se le metió por las pocas hendiduras que dejaron los vendajes.
Se levantó, dio unos pasos y por varias horas estuvo bajo el sol. Esperaba quitarle toda la humedad a las tiras que la envolvían y que de tantos años de entierro adquirieron una tonalidad verdosa y grisácea. Después de doce horas en las que aguantó su propio hedor, las vendas estuvieron por fin secas.
Era el momento que había esperado los últimos 1.500 años.
Lentamente, con su mano derecha, empezó a desvestirse desde la mano izquierda. Luego siguió la cabeza, el cuello, el torso…El procedimiento tardó tres días en los que debajo de cada venda había otra y otra.
Quedó desnuda por fin y anduvo por la calle. Por más que caminaba se sentía estrecha. Le parecía que aun estaba envuelta por la tela. Era un montón de huesos con pedazos duros de carne y no tenía la capacidad de andar con ligereza.
Su alma seguía vendada. Cansada volvió a la tumba.

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