La madre se percató de algo extraño al nacer el bebé: no lloró cuando el médico le pegó la palmada y en cambio una risa infantil sorprendió en la sala de parto. Ya en sus brazos, el pequeño se aferró al pezón, terminó y se durmió.
El niño empezó a crecer y parecía normal. Tenía la piel reluciente, le brillaba el cabello. Pero había algo que inquietaba a la madre: a diferencia de otros bebés las vacunas no le dejaban huellas. Y una cosa más: su hijo no lloraba… Se sentó, gateó, se paró, caminó y no hubo llanto porque sencillamente nunca se cayó o se tropezó.
Cuando cumplió cuatro años, el singular personaje aprendió las letras, las combinó, las escribió y nunca se equivocó. Siguió creciendo y en la clase todo lo sabía mientras encantaba a las profesoras del colegio con su vestido impecable, los cordones amarrados en forma simétrica y los plieges del pantaloncito siempre intactos.
Sus compañeros lo miraban con recelo a la hora del partido de baloncesto porque cuando tomaba el balón siempre encestaba. En la cancha lo empujaban y no caía porque calculaba la distancia entre la tierra y el cuerpo antes de caer. Ese hecho hacía que todos los días el resto de la clase planeara estrategias para verlo caer, pero nada…
Fue así como llegó a los 10 años y no había cometido una imprudencia porque en las conversaciones tenía una palabra exacta para cada cosa. Al niño le decían el maniático porque a la hora de comer se tornaba insoportable cada vez que tomaba el cuchillo y el tenedor y, de forma perfecta, repartía la comida y la llevaba a la boca, siempre con el mismo ritual y en un tiempo exacto para comer: 25 minutos.
Fueron pasando los años y nadie lo aguantaba al lado porque, sencillamente, no tenía nada qué contar distinto a que todo estaba bien. Pero él no se percataba porque, sencillamente, el día, la noche, todo transcurría de forma perfecta para él mientras el resto ya había sufrido al menos un moretón en la vida.
Seguía inmaculado como sus dientes que, a diferencia del resto de mortales, mantenían su estructura original. Su belleza era perfecta como su risa. Su precisión era insoportable.
Todo cambió un día que fue a una sala de cine. Los espectadores lloraban cuando en una película en blanco y negro los nazis mataron a más de 100 judíos y luego los incineraron y por la magia del séptimo arte se mostró en color rojo el vestido de una niña que antes había aparecido sonriendo. La sala estaba conmocionada pero nuestro hombre permanecía tranquilo, con sus ojos secos. No sabía hasta ese momento que no le salían lágrimas.
Una sensación se apoderó de su cuerpo y corrió en busca de su madre.
-¿Mamá por qué no lloro?- le preguntó.
-No lo sé, nunca lo hiciste- le respondió.
-¿Qué dices ma?
-No lo has hecho nunca, no sé por qué.
El joven guardó silencio y salió a caminar. Por primera vez no supo definir lo que sentía. Miró alrededor y vio que el mundo lloraba. El viento traía un susurro de dolor con la basura. Los perros ladraban, los gatos maullaban, el niño lloraba por el biberón. Los pájaros también trinaban antes de llover. Todo el mundo empezó a llorar y él no podía hacerlo.
-¿Qué se siente, por qué llora?- preguntó a una madre que trataba de calmar a su bebé.
-Porque tiene hambre, le respondió.
Siguió caminando, buscándole una explicación lógica a las cosas. Y en esa absurda búsqueda, en la que se enfrascan tantos hombres, no cayó en cuenta de que antes de que lloviera ya había abierto una sombrilla y que instintivamente su pierna saltaba antes de que tropezara con una piedra. Tampoco se percató de que sin mirar los semáforos cruzaba la calle en el momento justo en el que se detenían los vehículos. Nada que fuera a generarle sufrimiento se le acercaba. Incluso un perro con rabia corrió cuando lo vio y prefirió no morderlo…
Todo esto ocurría con él mientras a escasos metros una mujer se había mojado y debió ser llevada de urgencias porque era asmática; un niño tropezó con la piedra y se hizo un raspón, dos carros chocaron al evitar atropellar a un peatón y el canino se le lanzó a un anciano y lo contagió de rabia. De todo lo que pasaba a su alrededor no se percató el hombre que siguió caminando durante horas, pensando en el llanto.
De tanto darle vuelta al asunto al fin concluyó que el problema radicaba en sus lacrimales !No tengo lacrimales, es eso! gritó feliz pensando que tenía la respuesta. Pero su ansiedad aumentó al día siguiente cuando visitó a un oftalmólogo que le dictaminó que todo estaba perfecto y la glándula estaba allí.
El hombre que nunca lloraba salió del consultorio y se fue a la biblioteca a buscar los orígenes de las lágrimas. Supo que eran por dolor físico o por extrema tristeza; por emoción o por mucha felicidad. Por un gol o por un penalti fallido… Por desahogo o por necesidad. Por amor u odio. Por impotencia y rabia. Por todo se podía llorar. Eso le generó curiosidad y pasó tres semanas sin salir de la biblioteca, lapso en el que las empleadas del lugar descubrieron que aun sin bañarse no sudó, no le creció la barba, no sintió hambre, no se quejó, no se despeinó y él ni lo notó.
Después de leer 150 libros, el hombre volvió a la calle con un solo propósito: buscar todo aquello, que según los teóricos pudiera hacerlo llorar. La verdad, no lo consiguió mirando 1.000 películas tristes ni noticias de guerra en la televisión. Tampoco pidiéndole a alguien que lo golpeara porque cuando lo intentaba, instintivamente su cuerpo se acomodaba y esquivaba el golpe. Igual pasó con la lluvia. Estuvo bajo muchos aguaceros y nunca se enfermó. El sol excesivo no lo quemó. Nada le provocó dolor.
Pasaron tres años y su madre murió. Todos los asistentes al funeral juzgaban la tranquilidad con la que cargaba el féretro y con la que luego lanzó una rosa justo al centro del ataúd cuando descendía a su destino final. Ni siquiera pensar en no volver a ver su madre, ahora seis metros bajo tierra, le arrebató una lágrima. Y así pasaron 30 velorios de la gente que había crecido a su lado. Todos murieron y él no se acongojó.
Ya cansado de no encontrar respuestas a su extraña situación decidió exiliarse en una montaña a esperar a que algo le pasara. No paso nada, la vida transcurría tranquila y él no tenía razones para llorar…Se encerró dos meses en una choza hasta que por fin se resignó. Fue ahí cuando decidió buscar razones para estar feliz.
Tomó la determinación de que si no le salían lágrimas entonces tenía que explotar al máximo la alegría. Recordó que su madre le contó decenas de veces que el día en que nació soltó una carcajada cuando el médico le dio la primera palmada. Cierta paz empezó a apoderarse del hombre quien se levantó una mañana decidido a buscar motivos para sonreír y reír hasta cansarse.
Caminó un rato y miró la cima de la montaña. Pensó que ver desde esa altura el resto del mundo le iba a arrebatar una gran sonrisa. Se arropó y empezó a caminar hacia la punta. Después de 10 horas llegó al pico más alto donde contempló el cielo, las montañas, los ríos, cabañas con chimenas humeantes. Miró los pájaros en manada… !Esto es perfecto! gritaba mientras se reía y brincaba. En medio de tanto salto y carcajada no coordinó los pies y resbaló al vacío. Mientras caía se dio cuenta de que la belleza del mundo hizo rodar un líquido en sus mejillas.



