Estoy acostumbrada a oír el llanto de doña Josefina todas las noches. Entre mi casa y la de ella hay un patio estrecho lleno de matas, un vano de tierra que nadie cayó en la cuenta de aprovechar, cuando levantaron estos tugurios que se fueron volviendo casas de ladrillo con el tiempo, y después ascendieron a «viviendas», en el momento en que los dueños tuvieron con qué revocarlas, y con qué ponerles ventanas de reja metálica para poder cobrar más caro el alquiler, como la mía. La de doña Josefina todavía es casa, pero casa propia, dice ella con tanta suficiencia, que a mí me da miedo de que escupa los dientes postizos de tanto énfasis que pone en las pes.
Así que esa franja encementada es un terreno neutral, como las aguas internacionales para los barcos atuneros: yo tengo mis plantas de marihuana, que dan unos moños preciosos y ella macetas con penca sábila, donde entierra monedas de diez y veinte pesos dizque para atraer la prosperidad. ¡Cuál prosperidad! La sola palabra da risa en un barrio de estos, pero yo no le digo nada por cuenta de esa especie de pacto de no agresión que es nuestro patio compartido. También tiene ruda y romero, manzanilla y albahaca; menta, hierbabuena, palo santo y llantén. Con todas esa yerbas receta infusiones para los dolores y la inflamación, bebedizos para amarres y desamarres o sahumerios para limpias de mal de ojo, envidias y malas energías, sin cobrarle un peso a nadie. En vez de sembrar cebolla y tomate, pienso. Al menos se los podría comer.
Pero bueno, yo estoy pendiente de sus plantas y ella de las mías, y entre las dos cuidamos un curazao violeta que permanece florecido todo el año. Hablamos de ventana a ventana; la de mi casa da a mi cuarto, y la de ella a su comedor. Y por ahí la oigo llorar.
No le caben más muertos a doña Josefina. Cada que tengo el período me entrega desde su ventana una aromática de manzanilla para el cólico (la condenada sabe cuándo me llega) y me va contando su historia por partes. Sé que tuvo que salir huyendo de su pueblo de infancia durante la violencia entre liberales y conservadores en los años cincuenta, porque a su papá lo estaban persiguiendo para matarlo. No lo asesinaron esa vez sino luego: cayó a causa de las esquirlas provocadas por un cilindro bomba en una toma guerrillera. La familia, entonces, se movió para el Magdalena medio donde la madre tenía parientes. Allí doña Josefina conoció al marido y tuvo los hijos, hasta que llegaron los paramilitares. Un día aparecieron dos muchachos vestidos de camuflado en la finca donde eran mayordomos, lo llamaron a él por el nombre con una lista en la mano y lo ejecutaron detrás de las marraneras. «Por guerrillero, doña», le dijeron antes de irse, a modo de explicación. Entonces se vino para Medellín con los hijos; la dejaron meterse a un lote de invasión aquí en Las independencias, levantó un rancho y crió a los niños vendiendo fritanga en la calle, hasta que el trece de agosto de 2003, a las 8:05 de la noche, Arbey, el hijo menor, le dijo que iba para una reunión del grupo juvenil y no regresó.
Tanto daño le han hecho, tanto le ha sucedido en una violencia y otra, que la vida de mi vecina es como un cuento mal escrito. Eso lo sé por mis clases de literatura: doña Josefina va contra todas las leyes de la verosimilitud. Filosofía y letras fue la segunda carrera que dejé por la mitad, después de empezar periodismo y renunciar en el cuarto semestre. La última fue artes plásticas. Estuve a punto de acabarla, esa era la esperanza de mi mamá, hasta que me salí al escondido porque conseguí trabajo. Y con plata, aunque poquita, me pareció una bobada estudiar esas últimas asignaturas que son pura burocracia y nada de creación, además yo estaba en la gloria enseñando Hip hop y pintura a niños en los barrios de la Comuna 13. El arte es lo mío, aunque ella diga que lo que me puso así fue la marihuana y las malas compañías, que no me educó para medir calles entre la miseria y que siquiera se murió mi papá, pobre viejo, antes de verme como una desarrapada. No discuto, soy una decepción para la familia. Pero el fracaso se lleva mejor sin cantaleta y con una vecina que no jode por el humo de los porros.
Esta noche doña Josefina no llora y eso no me deja concentrar en la lectura, entonces enciendo un cigarrillo y me lo fumo en el borde de la cama. Aguzo el oído: ni un susurro. Solamente se escucha el sonido de cubiertos sobre platos en el comedor y eso es muy extraño porque ella no come por la noche, dice que el estómago lleno perjudica el efecto de los rezos que le encargan. Sin embargo, en la cabecera de la mesa contra la pared, donde cuelga la foto enmarcada de Arbey, del día en que se graduó de bachillerato, pone un individual y sirve sopa y seco, con un vaso de jugo de tomate de árbol. «Por si viene el niño», dice. Cada noche. Sin falta. Hace veintitrés años. Rompe en llanto cuando van siendo las diez, se forma una nata sobre el caldo y llegan las moscas a patear el arroz, yo la he visto. Dice que cualquier cosa se supera menos la falta de un hijo.
Pero hoy no llora, y van a ser las once. Por la rendija de la ventana de vidrio esmerilado se intuye el movimiento de las hojas de la buganvilla, que es la mata más grande del patio, porque le hemos puesto parapetos para que se trepe por las paredes, y también una silueta de hombre. Hay que ir donde la vieja, me digo, antes de abrir el armario para sacar una chaqueta. Aunque no hay lluvia, entra un frío inusual para un día cálido, de esos que erizan los pezones. Sea quien sea que esté con doña Josefina, no quiero que me mire las tetas y a esta hora no se pone brasier ni la mujer más de malas.
En este barrio cualquier cosa puede pasar, aunque la calentura de los primeros años del siglo XXI ya no es la misma. En esa época todos puntos cardinales de la Comuna 13 estaban en disputa y tenían en jaque a la Ley. Se daban bala día y noche frentes urbanos de las guerrillas de las Farc y el ELN contra dos bloques distintos de paramilitares, cayera el que cayera en medio del fuego. Lo recuerdo por las noticias. Por entonces le había insinuado a mi mamá que iba a estudiar periodismo y ella, dueña de un estilo único de motivación juvenil, me despertaba temprano los sábados y los domingos poniéndome el periódico en la cara, para que entrara a la universidad familiarizada y con ventaja. Sin embargo, vine a entender la historia viviendo aquí. Mi casa, por ejemplo, tiene un orificio de fusil en la fachada. Ningún inquilino previo tuvo plata o interés para taparlo y hoy es el cuenco del ojo de una de las calaveras en flor que pinté con los muchachos del colectivo de grafiteros donde trabajo.
Muchos murieron por esos años sentados en la sala de la casa viendo televisión o rezando en su cama, a causa de balas perdidas que los encontraron encerrados sin meterse con nadie. Inocentes. Pero lo peor pasó cuando el Ejército entró por aire y tierra a la comuna en la famosa operación Orión. En ese momento muchos denunciaron que la misión estatal fue planeada con los bloques de autodefensa y hasta hay registros fotográficos de encapuchados que les iban señalando a los soldados a quién matar. Por esa época desapareció Arbey y muchos otros. Dicen sus mamás que los tiraron a la escombrera, un botadero de desechos de construcción que hay en el barrio San Javier. Llevan más de veinte años gritándolo, pero las han mandado callar. La última vez, hace pocos años, un alcalde les tiró a la cara un estudio internacional que sostenía que en ese terreno no se podían buscar cadáveres porque, si es que estaban ahí, lo cual era poco probable, cargaban con cuatro millones de metros cúbicos de escombros. Pero estas señoras se organizaron y consiguieron un fallo de la justicia que ordenó la exploración, hace poco se supo, y en un mes comenzarán la búsqueda. Por eso es que cualquier cosa puede pasar en este barrio, si estas señoras ya han recibido amenazas y si hay tanta gente que no le interesa la verdad, empezando por el Alcalde. Entonces, si doña Josefina no llora, me cago de terror.
Ella ha estado detrás del grupo de mujeres porque siente señales que vienen de esos lotes llenos de arena, ladrillo, vigas y colchones viejos. Por su casa ha pasado cada mamá con la foto de su hijo o hija. Ella trae la Biblia, prende el sahumerio de yerbas (hasta bareta le mezcla), y saca siete láminas plastificadas de distintos santos que organiza encima de la mesa. Después de rezar una oración en voz baja, manda a sentar al frente suyo a la doliente y la toma de las manos. Si el muerto se encuentra en la escombrera, produce tanto calor que pone a las señoras a gritar de dolor y de alegría al mismo tiempo. He visto mujeres que salen de su casa llorando, por falta de manifestaciones térmicas.
Como si recibiera un dictado, me detengo en la cocina antes de salir y, de un modo automático, agarro el cuchillo de las carnes y lo escondo en el bolsillo secreto de la chaqueta. Ilusa. Nada menos peligroso que mi flacura desgarbada con un arma blanca en la mano. Pero aun así.
Por la luz inferior de la puerta de la vecina sale un vapor frío, blanco, visible, como si lo que estuviera a punto de abrir con las llaves me deja dentro de la canasta de un helecho colgado, fuera una nevera de icopor llena de hielo seco.
—¿Arbey? —grité para adentro y solté el cuchillo junto con el esfínter, encima del pantalón de la pijama.
—Reinita —Me contestó doña Josefina—, váyase para su casa que yo estoy bien, no me va a pasar nada, esté tranquila. Él no es Arbey, pero venía con mucha hambre y le estoy dando la comida del niño.
Salí corriendo sin recoger el cuchillo y cerré la puerta y todas las ventanas de mi casa para meterme en el baño a calmar la respiración y lavarme las piernas. La vieja estaba sentada al lado de un hombre gris y se veía contenta, maldita loca. El tipo tenía la cara cubierta de cemento seco: boca, pelo y nariz. Y las pestañas de uno de los ojos. El otro era un hueco ensangrentado desde donde bajaba un pegote granate como una lágrima enorme hasta la franela de manga cisa, donde la mancha se volvía una sola con los restos de polvo que también tenía en las manos y los brazos.
Pensaba que todo había sido lindo en el barrio hasta ese momento, en el que había resultado metida en una película de terror de las que tanto odiaba que viera mi mamá cuando era pequeña. Ella era la única persona que quería tener cerca, pensaba en eso con la toalla en la cintura, sentada sobre el inodoro sin atreverme a mirar el espejo. Que sí mami, vos tenés razón, soy una adolescente de treinta y cinco y ya es hora de madurar, buscar un marido y sentar cabeza, le decía mentalmente como mandando un mensaje por telepatía, para que ella, en mi mundo mágico, tomara un taxi hasta el extramuro de mi casa para abrazarme conmovida.
Al cabo de un rato, cansada de llorar, me dormí acurrucada en el baldosín repitiendo letanías de las que rezaba mi mamá y pensando en Hello Kitty cuando me aburría de los santos, hasta que al otro día doña Josefina entró con las llaves que yo le dejo en el plato del agua de la cheflera del corredor. Me dijo que traía un café recién hecho y con eso me sacó del baño.
—Ese muchacho de anoche, mija, es de la escombrera, no se asuste. Me dijo que ya los van a empezar a sacar, lo malo es que no conoce a Arbey. Pero me dijo que iba a preguntar por él a los conocidos que están enterrados cerca. Yo me comprometí a avisarle a la familia.
Doña Josefina me dio los nombres y me pidió que le ayudara a buscar por internet y con las redes de colectivos sociales de los barrios. Eso hice y a partir de la siguiente noche comenzó el apocalipsis zombi.
Conocí a Katherin Juliana Villa: desaparecida el tres de septiembre de 2002. Profesora de educación física, 21 años. La mataron los paras. A John Jairo Velez: desaparecido el diez de febrero de 2003, vendedor ambulante. Le disparó el Ejército. A Andrés Mauricio Zapata: desaparecido el 14 de junio de 2003. Estudiante, 16 años. Lo mató el Ejército. A Leidy Cristina Castañeda, prostituta, 26 años. Muerta a manos de los paras.
Uno cada noche hasta que empezaron las búsquedas e hicieron el primer hallazgo. Corrió la voz y en Las independencias celebramos como si la Selección Colombia hubiera clasificado al mundial. Supe que fue igual en otros barrios. «¡Las madres tenían razón!» pasaba la gente gritando y era lo que se comentaba en los graneros y los mini mercados; en las aceras y las ferreterías: «Tantos años desmentidas, tantos años amenazadas, ignoradas» decían por ahí. Entonces se me ocurrió llamar a mis grafiteros, y a las mujeres con escarapela y foto de su desaparecido, que no desamparaban los alrededores de la Escombrera, durante la primera fase de búsqueda, esperando que la bolsa sellada que cargaban los forenses forrados en traje blanco fuera el billete ganador de la lotería triste de sus vidas. También convocamos a las mamás de los muertos que pasaron por el comedor de doña Josefina y se tomaron la sopa y comieron el seco de Arbey; no todas eran activistas.
Nos fuimos en varios buses que pagaron las parroquias de El 20 de julio y Belencito, la tarde del doce de enero. Llevamos olla comunitaria, varias garrafas de aguardiente, bailarines y raperos. Las mamás iban con veladoras y camándulas; en las tiendas de los barrios nos ayudaron con plata para los aerosoles e hicimos una fiesta debajo del puente del Mico, en toda la autopista Norte para pintar un muro como de doce metros con la frase: «Las madres de la trece tenían razón». Cuando terminamos, al amanecer, las mujeres se habían ido y los demás ya estábamos borrachos.
La noticia de que el Alcalde había mandado borrar el grafiti porque ensuciaba la ciudad, nos quitó a las malas la resaca. Los que tuvieron ánimo, fueron la noche siguiente a repetir la pintada y al otro día el Alcalde la borró de nuevo. Lloré de indignación al lado de doña Josefina en el sofá de su casa. Esa noche no hubo visitas. A eso de las diez, con la sopa fría y las moscas en el arroz, mi vecina volvió a llorar.
Dicen en el noticiero que los primeros restos identificados son los de Javier Alejandro Cuervo, de 38 años, oficial de construcción: el muerto gris que interrumpió esa vez el llanto de doña Josefina.
Desde mi cuarto, con el libro en una mano y el porro en la otra, la oiré llorar cada noche hasta el día en que un viento frío estremezca las flores violeta de la veranera, ennegrecidas por las sombras y Arbey llegue a tomar su cena, antes de la siguiente fase de búsqueda de los desaparecidos de La escombrera.
Fin.

Catalina Montoya
Perfilito
Periodista y politóloga. Trabajo en mercadeo y escribo columnas de opinion en http://www.noapto.com Orgullosa de haber encontrado una vocación a los tardíos 40 (hay gente que se muere sin pasiones): la de la creación literaria. Estoy aprendiendo en el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid. Mamá de dos niños y tres perros: Maraca, Salsa y Timbal. Gustos musicales inferibles.