El Salto

Miranda, la gata parda, llevaba meses intentando alcanzar la alacena. El tarro de atún resplandecía frente a sus ojos como el mayor de los tesoros. 

Lo había intentado todo. Afilarse las uñas, estirarse más allá de la elasticidad de su cuerpo peludo, impulsarse con los bigotes, maullar hasta la ronquera. 

Un día, supo que la única manera de alcanzar el tarro era saltar. Así que en aquella tarde decisiva, se paró en el borde del mesón, se llenó de ímpetu, alistó sus cuatro patas, puso rígido el lomo, sacó todas sus uñas y saltó. 

Mientras caía en cámara lenta se sintió bastante estúpida. ¿Cuántos fracasos más tengo que soportar?, pensaba.

En el suelo, mientras se lamía la vergüenza de su infortunada hazaña, vio ante sus ojos una esperanza. Una mano le entregaba su anhelado tesoro. El olor llenó cada célula de su cuerpo. Sus bigotes se erizaron de la dicha.

Comió como nunca antes. Y se acostó panza arriba. 

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