
Tenía la costumbre de preparar todo con antelación. Desde muy temprano corrió al mercado y consiguió unas jaibas para la cena y tres botellas de Marqués de Murrieta.
Luego se dirigió a la sección de revistas y tomó dos periódicos y un libro de crucigramas. Esperó a que fueran las 9 y pidió un café para llevar.
Dejó todo en la nevera y se dirigió al Salón de Belleza donde en silencio le hacían la pedicura. Ella, mientras tanto, leía la prensa y con un lápiz rojo señalaba cada error ortográfico o gramatical. No había tilde, coma o expresión que sobreviviera al tachón de ese lápiz, ya desgastado por el uso.
A las empleadas del lugar les causaba curiosidad las expresiones que hacía con cada uno de los errores, mientras citaba un montón de autores desconocidos cada vez que corregía. Incluso hubo ocasiones en las que su cara no podía ocultar la furia.
-¡A quién se le ocurre decir que el cielo es azulado. Y qué inteligencia es esta con j. Al único que le paso un error es a Gabo, porque si lo puso, fue de puro gusto, aunque lo dudo… Y en que escuela les enseñaron que un error grave era con b… Y este no me lo van a creer: Aquí dice que el herido tenía daños cerebrales en el estómago, el hígado y otras partes del cuerpo!-, decía en una especie de delirio que le duraba varios minutos.
-Ya terminamos los pies ¿Quiere que sigamos con las manos?
– Pongamos el periódico en la otra mesa, no quiero que se estropee. Es que a veces no entiendo cómo lo logran – continuaba con sus quejas-. El otro día leí que una autopsia confirmó el 100% de la muerte. Encontré, además, que una mujer de 100 años falleció por segundo día consecutivo y que un congresista volvió al trabajo tras morir casi ahogado.
Para la manicurista era divertido escucharla algunos días. Pero otros, en cambio, eran difíciles. Eran aquellos en los que había menos equivocaciones y se apoyaba en los detalles. Pero aquel día, por fortuna, el periódico no le atinó ni a los titulares.
-Porque, por qué, porqué. Tantos años de clase y no han podido aprender a separarlos. Si esto sigue así tendré que dejar de trabajar y dedicarme a corregir-, decía.
En ese momento hizo una pausa, respiró y miró sus uñas rojas.
-Gran trabajo Perla. Hoy será una gran noche. Trataré de olvidarme de los periódicos y de los gazapos.
Pagó y regresó a su casa.
Hace días había comprado un vestido negro. Le había dicho que soñaba verla también con unas medias de malla y unos zapatos de tacón.
Cuando se encontraban era el único momento en el que podía olvidarse de las letras. El tiempo corría rápido y entre las cenas y los besos poco tiempo había de analizar.
Esa noche de sábado sería especial. Era su cumpleaños y quería que todo saliera perfecto. El vino estaba frío y precalentó el horno a 180 grados. Puso además velas y el regalo en el centro de la mesa.
Cuando llegó, lo llevó directo a la cocina. Su último abrazo fue con S.
