Esperar

Dicen que lo peor que existe es esperar, ficho tras ficho en los asientos del banco, al amigo que demora, el llamado para pasar al consultorio, el timbre del teléfono para la cita médica o el trabajo cotizado. No es fácil. No es fácil esperar a que de la semilla salga un brote, del brote una plántula, que la plántula crezca sana, que florezca y que a esa flor la siga un fruto y que ese fruto se forme, crezca y esté listo para cultivar. Esperar a que dé sombra el pequeño árbol y a que el pie de begonia lance alguna pista de pequeñas raíces en el fondo que no veo. Esperar a que la tierra se recupere procesando los nuevos nutrientes, el abono, el compost, toda esa revoltura vital, después de cosechar una mata de fríjol, unas habas, unas papas. Pero lo que incomoda de esperar es que esperar es todo lo que hacemos. Por eso es que en la espera uno tiende a volver una y otra y otra vez a donde metió la semilla y poco falta para medir todos los días la altura del árbol, como un niño en el programa de control y desarrollo. Sí, qué desespero es esperar. Me he propuesto, y espero cumplir, que mientras espero no voy a esperar, voy a hacer otra cosa, sembrar en otra parte, abonar otras plantas; incluso me voy a hacer la que ni me acuerdo de que estoy pendiente de ese brote, de ese pie, de esa sombra, voy a hacer que los ignoro para que cuando al fin se deje adivinar un paso de esos reposados y bellos que da la vida de todo lo que no es humano yo pueda recordar que sí, que sí estaba esperando, y sin embargo sorprenderme honestamente y celebrar. Sea esta tal vez otra forma de vivir y expresar la fe, esa que todos hemos visto flaquear mientras esperamos, también, a que un aguacate se madure.

Gloria Cecilia Estrada

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