Transacciones

Para efectos literarios hubiera sido bueno que estuviera haciendo un calor de bananeras como el que hacía en la calle en esos minutos del mediodía. Pero no, el calor del local era distinto, era ese sofoco que emanan los lugares donde se sabe que la mayoría de lo que se dice es mentira, verdad a medias o acomodada.
Ni cuando aparecí en la entrada ni cuando ingresé del todo me atendieron, muy al contrario, fui completamente ignorada, entonces me dio tiempo suficiente para enterarme de los términos de una negociación que avanzaba en uno de los escritorios. Vendedor uno ofreciendo el mejor portátil del mercado, entre los más económicos, a un precio de regalo y con todas las garantías. Comprador uno haciéndose el difícil o dudando tal vez con un poquito de sinceridad, hundiendo teclas forradas con plástico todavía.
—Sí, a la orden, ¿qué buscaba?
—Un cargador.
—¿Qué cargador?
Le enseñé mi muestra. La vendedora me informó el precio y aclaró que “obviamente” no va a decir “acer” porque no es el original, ese habría que mandarlo traer y ver cuánto vale, dijo. Le avisé que sabía y, con la tristeza con la que estaba ataviada por una noticia recién recibida, no tuve ánimo de regatear el precio; todo lo que quería era poder habilitar mi herramienta de trabajo.
—Pero necesito que me lo dejés probar un rato, porque si no es eso lo que está fallando…
—Por supuesto, ya se lo traigo.
La negociación de los otros continuaba, el precio iba en un millón ciento cuarenta y le encimaban un mouse y no sé qué otra vaina; el vendedor no se podía bajar más, incluso iba a tener problemas para ingresar en el sistema un valor tan bajo, el comprador sabía que le estaba dando un buen precio, claro, pero… Mi vendedora entró, me entregó lo potencialmente mío y procedí a probarlo.
Que si me provocaba tinto, agua o aromática. Le recibí el tinto aunque ya había visto en una mesita el frasco de Nescafé. Entrada en gastos, a modo de tortura, le dije que con dos de azúcar. El cargador iba funcionando, pero lo hice todo muy despacio. La tristeza siempre ralentizando todo. Me bogué el tinto con gusto. Porque la tristeza también tiene eso: la capacidad de ponerle belleza a asuntos que en cualquier otra circunstancia resultan insoportables o incómodos, como recostar la cabeza en la ventana de un bus, o no encontrar dónde guarecerse de la lluvia, o tomarse un café instantáneo casi igualito a los “tragos” dulzones de café pasilla con los que la tía Otilia nos recibía en el monte por las mañanas.
Mi repuesto funcionó, pagué y esperé la factura. Vendedor uno y comprador uno estaban de pie, el primero con una calculadora y el segundo pidiendo más cosas de una vitrina. En el escritorio ya estaban, además del mouse, dos audífonos junto al portátil en venta.
Guardé mi computador, entregué el vasito del tinto y escuché un par de recomendaciones de la vendedora. Cuando salía, el vendedor uno estaba solo, esperaba sentado a que volviera su comprador del cajero…
De regreso a ese otro calor solo quería subir a los 2.600 metros de altura donde vivo. Allí sería la prueba final de todo, doce meses de garantía y opción de cambio si a la hora de la verdad el cargador no funciona. Igual que con la tristeza que yo albergaba: en casa soltaría al fin todas las lágrimas, que aunque no tienen devolución garantizan la calma y el sueño.

Gloria Cecilia Estrada

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