Encuentro

Ella llegó primero, siempre le ha gustado ser la que espera. Llevaba una blusa vino tinto, el pelo largo puesto sobre el hombro, sus ojos pintados con delineador negro y los labios que hacían juego con el color de su camisa. Se sentó en su mesa favorita de aquel bar, ese que siempre le había traído buena suerte. Abrió su bolso y, tratando de ocultar sus nervios, sacó el libro que leía por esos días.

Cuando empezó a perderse entre las letras, sintió sus pasos. Levantó la mirada y lo vio acercarse. Él llevaba una de sus acostumbradas camisas de colores, que siempre han ido muy acorde con su personalidad alegre. Sus ojos azules se bordeaban de unas pequeñas arrugas que, antes que dañarlos, les daban cierto acento, los hacían aún más profundos. Su pelo castaño claro, siempre desordenado, se movía suavemente con el viento de aquella noche fría.

Se miraron y él sonrió, con la sonrisa más hermosa que ella haya visto jamás. En ese instante, ella tuvo la certeza de que iba a amar a ese hombre.

-¿Qué lees?- Le dijo él al sentarse, mientras sus ojos se hundían profundamente en los de ella.

– ¿De verdad quieres que te cuente? No es un libro muy extraordinario- Respondió ella, sintiendo en su pecho una agitación que ascendía, y que le hablaba de esta mirada que le calaba hasta los huesos.

-Quiero saber muchas cosas de ti, empecemos por eso- dijo él con voz risueña, y rosó suavemente su mano.

Así, ella le habló sobre el libro, pero también sobre su vida. Y él le habló a ella. No supieron cuántas cervezas pasaron sobre esa mesa, pues las horas se les fueron yendo de la forma más ligera. Ella, perdida entre el mar tranquilo de los ojos de él, y él, soñando con dejarse ir entre los labios rojos de ella. Hablaron de sus sueños, de lo que les hacía vibrar. Hablaron de sus creencias sobre cómo hacer del mundo un lugar menos atroz, hablaron del baile, de la dicha. Y rieron, rieron mucho.

Las horas pasaron y las parejas y grupos de amigos fueron dejando vacío el bar. Hasta que solo quedaron ellos dos, absortos en el otro, nadando en aquella dicha de conocer esa otra historia. Perdidos entre miradas, la esquina de una risa, la inocencia casi infantil del sonrojo.

Se despidieron en la esquina de aquel bar. Era una madrugada más fría que de costumbre.

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