Hay noches en que la luna no solo brilla… vigila.
No observa desde lejos, sino que desciende con su luz para tocar la piel de quienes arden por dentro.
Esa noche yo caminaba sin mapa, siguiendo un impulso antiguo, como si mis pies recordaran un camino que mi mente había olvidado. La montaña me llamaba y yo respondí, ligera, como si fuera parte del viento.
Subí entre piedras y raíces, sintiendo que cada paso me despojaba de algo: del ruido, de la prisa, de cualquier sombra que no fuera mía. El aire olía a tierra húmeda y a promesa.
Cuando llegué a la cima, la luna estaba enorme, tan cercana que casi podía rozarla. Sentí su mirada entrar por mis ojos y encenderme el pecho.
En su silencio me habló de mujeres antiguas: nómadas de alma, creadoras de mundos, tejedoras de caminos. Me recordó que nuestra fuerza no nace de resistir, sino de fluir como el río y arder como el fuego que no se pide permiso para existir.
Y ahí entendí que la libertad no se conquista: se reconoce. Está en cada salto hacia lo desconocido, en cada latido que se atreve a ir más rápido que el miedo.
Me quedé danzando en su luz, sabiendo que mientras la luna siga saliendo, habrá siempre un lugar para las mujeres que viven con el corazón encendido.
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Enamorada de la Vida, Agradecida con Dios, amo la Naturaleza, los animales en general mamá de 4 perritos y un Humano muy Humano.
Me encanta leer una pasión que hace poco descubrí y me ha llevado a momentos maravillosos.