Laura Santamaría Buitrago
Se levantó una mañana y vio el hoyo en la esquina, al lado de la cama. Era pequeño, una mancha más bien insignificante. Después de servirse el café, aún adormilada, se acercó a observarlo. Aunque reducido, el hoyo parecía no tener fondo y una densa oscuridad lo abarcaba. Lo limpiaría más tarde, pensó, mientras sorbía del pocillo.
Al cabo de unas horas de trabajar en el estudio, se paró al baño de la habitación y vio cómo el hoyo había aumentado de diámetro. Ahora tenía el tamaño de una pelota de fútbol y se veía aún más profundo y oscuro. Metió uno de sus dedos y una especie de melaza pesada los envolvió. Era tan pesada que le costó retirarlos y, además, algo la llamaba a introducir la mano un poco más. Ya no lo quiso limpiar.
Al mediodía, cocinó el almuerzo con rapidez, con la intención de poder ir a ver qué había ocurrido con el hoyo. Aún estando relativamente lejos del cuarto -su apartamento era pequeño- sentía cómo la melaza aquella, aunque pegajosa, la llamaba. Se acercó y el hoyo ya abarcaba un cuarto de la pared. Seguía sin tener fondo y ahora se escuchaba un sonido terroso; como el de un radio viejo. La mesa de noche y el tapete habían desaparecido.
A pesar de la curiosidad que le suscitaba el asunto, tuvo que volverse a absorber en los urgentes del trabajo, aunque con solo pensar en el hoyo y aquel denso material, se sentía fatigada. No podía discernir con mucha claridad, así que intentó terminar las tareas más rápido y, sobre las cuatro, le inventó a su jefe alguna calamidad doméstica sencilla para poder salir más temprano.
Envió un par de correos más y cerró el computador. Caminó hacia el cuarto y al llegar a la puerta, vio que su cama ya no estaba. El hoyo ocupaba toda la pared del fondo y era tal el magnetismo que le costó mantenerse en pie: la que fuese su habitación había cambiado de carácter. Aunque la escena le resultaba extraña, no le desagradaba del todo, así que decidió acercarse al borde del hoyo. Al fin y al cabo, no tenía planes esa noche.
Se sentó. La melaza empezó a subir lentamente por sus piernas, mientras veía cómo el magnetismo irresistible tragaba sillas, cojines, ollas, medias y tarros de champú. A pesar de suponer que eso no debía estar tan bien, asumió lo inevitable; su casa estaba desapareciendo. La sustancia aquella cubrió su cuerpo hasta llegar a sus hombros y la dejó en un letargo en el que, de repente, no lograba pensar más que en el pasado.
Al cabo de un buen rato, el hoyo se había engullido todo lo que permanecía en los cincuenta y cinco metros cuadrados que eran su hogar. Así que, observando el vacío y cubierta toda de aquel azúcar viscoso, supo que era hora. Miró por última vez a la sala, ahora vacía, y saltó dentro del hoyo que la absorbió lentamente. Atrás quedó únicamente aquel sonido de radio viejo. Ya eran las once de la noche.
