Caída libre

Por: Laura Santamaría Buitrago

Mamá sacaba el árbol de la caja y el polvo la hacía estornudar. El olor a plástico viejo atestaba la sala. Los niños sacaban las bolas. Les limpiaban el polvo, mientras se reían de sus reflejos distorsionados en el vidrio rojo. Papá desenredaba las luces con paciencia y verificaba, uno a uno, el estado de los bombillos.

Jacinta lo observaba todo, acurrucada sobre una de las mesas. 

Entre papá y mamá armaron el árbol. Los niños abrieron las ramas para darle forma de pino a la estructura vertical. Papá enredó las tres extensiones de luces. Solo un bombillo se había fundido. 

Entre todos pusieron los adornos. Bolas de colores, palitos de azúcar, regalos en miniatura, trineos, papás noeles y renos colmaron el follaje plástico. Uno de los niños se alzó sobre los hombros de papá y colocó, triunfante, la estrella en la punta. 

El árbol se erigía como un monumento solemne y la familia lo observaba, entregada a la visión de su logro. Mientras tanto, Jacinta se levantaba de su adormilamiento y se ponía de pie sobre la mesa. Sus pupilas se dilataron, se puso de puntillas y, de un impulso contundente, saltó hacia la estrella. 

El árbol y Jacinta se vinieron abajo en medio de los gritos de la familia. Los adornos reventaron, estrepitosos, y quedaron esparcidos por el suelo. Las luces enredadas colgaban de las ramas que, agónicas, sellaban el relato del fracaso. 

Entre todos, en silencio, recogieron el desastre, que dejó solo algunos adornos con vida y varias luces por reemplazar. 

Jacinta, que había corrido hacia las escaleras, se lamía las patas con parsimonia. 

Todo comenzó de nuevo. 

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