-¿De qué estás hecha?
—De nubes -respondió-.
-Pero las nubes no existen, digo, no conozco una nube que esté viva después de la tormenta. O ninguna a la que no haya evaporado el sol.
-Cada que puedo bajo a la tierra y suelto algunas nubes que viven por segundos convertidas en niebla. Luego desaparecen para siempre… También tengo un puñado de gotas de lluvia y otro de rocío. Pero para ser exacta, cuando bajo del cielo solo estoy viva como niebla…
-¿Y te quedan muchas?
-Ya no tantas. Ha llovido bastante. Y cuando ocurre es imposible tocar la tierra, el agua se lleva todo y solo queda volver a nacer.
-¿Mueres cada vez que llueve.
-No, estar hecha de nubes no te permite morir. Pero si no tocas la tierra por mucho tiempo dejas de hacer formas en el cielo y te conviertes en una mota. Cada vez que alguien mira hacia arriba te mueves de maneras infinitas y recreas sus sueños, bailas y juegas con otras nubes. También te transformas en recuerdos o hasta en deseos. He sido nube corazón, también nube perro o nube gato. De vez en cuánto soy nube unicornio. También soy nube azul, nube blanca, nube gris y nube negra. He sido nube miedo y nube encierro, triste y feliz. Nube saudade y la más difícil, nube sin alma, la que casi se vuelve mota.
-¿Y con esa danza infinita en el cielo, para qué quieres tocar el piso si estás más viva allá arriba?
-Cuando soy niebla entro por su ventana o por la hendija de la puerta y lo envuelvo. Trato de llenar algunos de sus espacios y me quedo mirándolo mientras desaparezco. De pronto, él suspira y me absorbe y soy su aliento. Mientras me esfumo me vuelvo gotas, aire, llovizna y floto. Subo otra vez y espero que el sol me derrita poco a poco para volver a caer. Cada vez que él respira soy nube.
-¿Y si dejas de ser niebla y se cierran las puertas y ventanas?
-Ya te lo dije que las nubes no mueren. Al final seré la lágrima.

