Gregoria, mi tatarabuela, siempre fue un mujer precavida. Una tarde, después del almuerzo, cuando el calor de Monte Bonito -un pueblo caldense perdido entre montañas- arreciaba sobre el comedor, le dijo a sus hijas: -mijas, consíganme un carpintero, que voy a mandar a hacer mi ataúd-.
Aturdidas, se miraron entre ellas, temiendo que su madre les estuviera ocultando una noticia irreversible sobre su salud. A simple vista y más allá de los achaques propios de sus bienvividos ochenta años, Gregoria gozaba de una longevidad envidiable, propia de los Escobar.
-¿Pero que es esa bobada, mamá?-, le preguntó Rosa, mi bisabuela.
-Es mejor que no me encuentre el diablo sin estar vestida- le respondió Gregoria. -Háganme caso, es para evitarles problemas después-, añadió y se levantó a servir el duodécimo café que se tomaría esa tarde. A regañadientes, la familia aceptó, al fin y al cabo era el deseo último de la dueña de casa.
A primera hora del día siguiente, estaban donde el carpintero del pueblo. Gregoria le describió con detalle cómo quería su caja mortuoria: en madera caoba, con forro blanco, con un arabesco rococó en cada esquina y, lo más importante, sin ventana. Detestaba la idea de que su cara inerte y maquillada como un payaso triste se convirtiera en el morbo del pueblo el día del velorio.
Así fue que, a la semana exacta, el carpintero llegó con el notable encargo a la puerta de la casa. Los vecinos se asomaron al instante, intentando adivinar quién era el muerto, pero solo vieron a Gregoria entusiasmada y sin señales de estar en duelo. Ella no hizo mucho caso a las miradas, estaba concentrada en su nueva y esperada adquisición.
Había reservado un lugar en el patio para el ataúd, donde carpintero y ayudante lo posaron. Cuando se fueron, Gregoria se quedó contemplándolo por varias horas, como si se tratase de un espejo lleno de revelaciones. Las hijas la miraban desde el comedor con cierta angustia; era una visión macabra la de su mamá embelesada con un objeto destinado únicamente a la muerte. Aún así, este se volvió el ritual de todas las tardes de Gregoria. Después de que pasaba la hora del calor, limpiaba con parsimonia la urna y se quedaba mirándola, sorbiendo el café, muy a pesar de la incomodidad de la familia que ahora tenía pavor de pasar por el patio.
Al cabo de unos meses, al ver que el asunto no había sido más que un capricho de la abuela, la familia decidió pedirle que se deshiciera de aquel armatoste. Le propondrían que lo vendiera y guardara el dinero para comprar uno nuevo cuando, efectivamente, lo necesitara. Ella ya no estaría viva para comprobarlo, pero las hijas le prometerían que su cajón sería tal cual como el que las miraba desde el patio.
Gregoria se rehusó. Había desarrollado cierta afección por el féretro caoba y ya no quería tener otro que no fuera ese. Les propuso una alternativa: lo iba a alquilar. En el pueblo no abundaban los carpinteros y las familias no tan acomodadas siempre se encontraban en apuros cuando uno de los suyos decidía dejar la tierra. El compromiso sería que podrían -el muerto, en realidad- usar el ataúd durante el velorio y que, una vez llegara el momento de la despedida final, la cremación sería solo del difunto y el ataúd volvería a manos de Gregoria, con la condición de haberle cambiado el forro.
La proposición causó una conmoción de esperarse en la casa. Unas hijas no podían creer lo que escuchaban, mientras otras asumían que, ahora sí, la demencia se había apoderado de su madre. La discusión se extendió durante horas ante la mirada tranquila del ataúd, que permanecía recostado contra la pared del patio. Al final, y tras escuchar los reclamos lastimeros y un tanto manipuladores de Gregoria sobre el que era su único deseo en vida, la familia tuvo que ceder.
Al día siguiente, la voz corrió por todo el pueblo. No era difícil en aquel reino del chisme. Pocas semanas después, llegó el primer cliente. Se trataba de Plinio Posada, un talabartero entrado en los cincuenta quien, a fuerza de aguardiente, longaniza y amores furtivos, terminó cansando su corazón, que lo dejó tirado como un pollo frente a la despensa en la tarde de un viernes. La familia, acongojada, tomó las medidas de su finado y fue a la casa Escobar a hacer el peculiar pedido. Afortunadamente, el ataúd se ajustaba al cuerpo sin alma de Don Plinio así que, con las advertencias debidas, Gregoria recibió el dinero y selló su primer negocio.
A los pocos días, el ataúd regresó a su lugar en el patio. Gregoria lo limpió con mucho más cuidado, intentando eliminar cualquier rastro del pobre desdichado que lo ocupó. Al cabo de unas semanas, tocó la puerta Sobeida Giraldo hecha un mar de lágrimas. Su hija Amparo no superó la tuberculosis y dejó este mundo al poco tiempo de cumplir los veinticinco años. El cajón le quedaba un poco grande, pero surtía su propósito. El tercer cliente fue Héctor Jaramillo, quien perdió la vida después de que tres tiros se le clavaran en los ojos durante una pelea de borrachera.
Así fue que Gregoria se convirtió en la solución funeraria exprés de los habitantes de Monte Bonito que, ya fuese por falta de dinero o de precaución, tenían que solucionarle la vida a sus muertos. Pasaron cerca de dos años y el ataúd, casi intacto, seguía sirviendo de barca de Caronte a las ánimas del pueblo, en su destino final hacia el Inframundo. Los clientes seguían llegando y Gregoria no moría.
Hasta que llegó el muerto número veintiuno. Se trataba de Lucía Zúñiga, barrendera de la Alcaldía, a quien su ex marido golpeó durante horas hasta quitarle la vida. Lucía solo tenía a su hijo de diez años y a su hermana Cristina; los tres vivían apretujados en un rancho en los tugurios de Monte Bonito. Ninguno tenía dónde caerse muerto y, por eso, Cristina tuvo que ir a la casa de los Escobar para rogarle a Gregoria que le prestara el ataúd sin cobrarle; ella se comprometía a conseguir lo del cambio del forro. Gregoria, que ya tenía en el cajón un negocio sólido, se rehusó en un principio, pero fue tal el dolor en la cara de Cristina y lo que la indignó la muerte violenta de Lucía, que al final accedió. Así que Cristina, destrozada como estaba, se llevó el ataúd a su rancho, donde dispuso un velorio simple y solitario para su hermana.
A la mañana siguiente, mientras el cuerpo de Lucía yacía en la urna alquilada, Gregoria se levantó como de costumbre. Se puso su bata y caminó hacia la cocina para preparar el primer café. Cuando iba en la mitad de la escalera, su pie calculó mal y se fue de bruces hacia abajo. Cayó seis escalones. Dos de las hijas corrieron a auxiliarla, pero ya ella estaba inconsciente en el suelo.
Al cabo de un rato, llegó el médico. Apenas con verla, supuso lo inevitable. A la edad de Gregoria, una caída de esa magnitud era una sentencia. La cadera fracturada, varios huesos rotos y un golpe seco en la cabeza auguraban un destino irreversible. El médico le dio varios medicamentos para el dolor, la enyesó y llamó a la familia para que la acompañara.
Pasaron las horas, Gregoria yacía en su cama medio despierta, pero el ambiente lúgubre de la casa -por demás alegre- sugería que este era el día. Gregoria empezó a apagarse de a pocos, sin queja, mientras escuchaba la voz de sus hijas, sus nietos y los demás familiares que alcanzaron a llegar.
A la madrugada del día siguiente, Gregoria apretó la mano de Rosa, que sostenía la suya medio dormida, y le dijo con la voz hecha un hilo: -mija, no se le olvidé mi cajón-. Y cerró los ojos.
En medio del llanto, las múltiples llamadas y todos los afanes propios de una muerte tan repentina, nadie en la familia se acordó del ataúd hasta bien entrada la tarde, cuando llegó la hora de alistar el cuerpo de Gregoria para su velorio. Ninguno sabía dónde estaba el consabido ataúd, pues ella, lúcida como siempre, había asumido las riendas del negocio y, francamente, a ninguno en la familia le agradaba mucho que la abuela estuviese comerciando con los muertos, por lo que decidieron mantener distancia.
Así que, haciendo una pausa en la congoja, la familia se dividió entre hospital, policía y periódico del pueblo para averiguar quién había muerto en los últimos días y así saber cuál de todos llevaba puesto el cajón. En aquella época, todavía en este país la gente no se moría tanto, así que no fue difícil encontrar al susodicho. Aún así, el tiempo apremiaba. Había pasado un día y el cuerpo de Gregoria seguía sobre la cama, esperando por su sepultura.
Fue un policía el que le contó a dos de los nietos sobre la trágica muerte de Lucía. No era difícil intuir que, dado su desventurado destino, podría ser allí donde estuviese el artilugio. Así que fueron hacia el tugurio donde el policía les dijo que estaba el rancho, para recuperar la caja.
Cuando llegaron, se encontraron con la escena más desolada que pudiera imaginarse. En la improvisada sala de una casucha cubierta con latas y piso en cemento, reposaba el ataúd sobre cuatro guacales de fruta. Apenas lo alumbraban dos cirios, uno a cada lado. En el piso estaba sentado un niño con la ropa negra untada de polvo, absorto en un carro de juguete, pero con la evidente intención de permanecer cerca del ataúd. Al lado, sentada en una silla de plástico estaba Cristina, llorando con un gemido suave pero constante, perdida en su lamento. Nadie más estaba en el lugar. La única luz provenía de los dos cirios. De fondo sonaba un transistor.
Al ver llegar a los dos hombres, Cristina se limpió rápidamente la cara. -¿Quiénes son ustedes?-, preguntó asustada. Uno de ellos, el mayor, intentando ser lo más prudente que la situación le permitía, respondió: -Señorita Cristina, mi sentido pésame. Somos los nietos de Gregoria-. Después de una pausa y de aclararse la garganta con evidente incomodidad, añadió: -Resulta que mi abuela murió ayer y queríamos saber si nos puede devolver el ataúd-.
Cristina abrió los ojos como dos pelotas de bingo. Un poco por la sorpresa de la muerte de Gregoria, pero más por no creer en su desgraciada suerte. Con un sudor frío clavado en la nuca y la voz llorosa, respondió: – No puedo, a mi hermana le falta un día de velación-. Los nietos se miraron entre sí, sin saber muy bien qué hacer. – La entendemos-, dijo el otro nieto, pero entiéndanos también a nosotros. Es lo que pidió mi abuela-, concluyó en tono condescendiente.
Cristina, que hasta el momento había actuado casi con reserva y una relativa tranquilidad, no pudo más con su tragedia y se levantó de la silla con rabia. -¡Irrespetuosos!-, gritó ¿No ven que yo no tengo a nadie? ¿Ustedes saben cómo murió mi hermana? ¡Tengan algo de decencia!, vociferaba temblorosa.
Los dos hombres, sobresaltados ante la reacción de la mujer, retrocedieron hacia la entrada. Cuando estaban allí, Cristina les gritó: -¡A mí que me importa que a su abuela le haya dado por morirse antes! ¡Váyanse de aquí!- Y les cerró la puerta de latón en las narices.
Así fue que los hombres regresaron a casa sin ataúd y con enorme vergüenza. Mientras tanto, la familia esperaba preocupada. Era de noche y el velorio ya debía haber comenzado. Los vecinos y allegados ya se preguntaban si algo había sucedido. Así que las hijas de Gregoria y los nietos se reunieron para tomar una decisión presurosa. No encontraron más opción que ir donde el carpintero y pedirle que les hiciera un ataúd nuevo, mucho más sencillo, pero que pudiera albergar dignamente los restos de la dueña de casa.
De manera que dos de las hijas fueron a buscar al carpintero, apuradas. Ya era más de la medianoche, por lo que el hombre abrió después de varios golpes a la puerta, medio dormido y de mal humor. Las mujeres, llenas de disculpas, le explicaron la situación y su premura, dándole a entender que él era la única solución con la que contaban. El hombre, que no pudo ocultar una cierta sonrisa ante la tontería de la solicitud, les explicó que a estas alturas lo único que podía hacer era unir algunas láminas de madera sobrante y sellarlas para hacer algo parecido a un cajón. Ya no habría ni caoba, ni forro, ni arabesco rococó.
Ahogadas en llanto por no cumplir el deseo de su madre, las mujeres rogaron al carpintero que hiciera algo más, le pagarían lo que fuera. Sin embargo, él se sostuvo en que ya era muy tarde: nunca supieron si fue porque realmente no podía o si era una venganza por haberlo hecho levantar a semejantes horas.
En cualquier caso, a la mañana del día siguiente, el carpintero les entregó una caja simplona, fea y ordinaria. El ataúd más triste de todos los ataúdes tristes. Las láminas de madera pálida se juntaban erráticamente a sus vecinas; daban la impresión de que, en cualquier momento, el armatoste se rompería. No tenía decorado alguno, lo que sugería la falta de cariño con el que fue confeccionado. El horroroso artefacto parecía más un contenedor de mercancía que una urna mortuoria. Pero la familia no tuvo más remedio que introducir a Gregoria en tamaño esperpento y esperar por que, en su santa gloria, los perdonara.
El velorio transcurrió sin pormenores, salvo por los cuchicheos de los vecinos que comentaban la fealdad del cajón. Todo el pueblo sabía que, en Monte Bonito, Gregoria era la más atenta a alistar su propia muerte. Algunos rumoraron que se lo habían robado, otros que se había dañado por el uso; otros, más supersticiosos, que Dios se lo había arrebatado a Gregoria, como castigo por negociar con el dolor ajeno. Nadie fue capaz de preguntarle a la familia, así que el motivo de que la anciana se fuera en semejante adefesio se quedó en suposiciones.
A las tres de la tarde, dos días después, el cuerpo de Gregoria encerrado en aquella caja vulgar, recibía cristiana sepultura. Una multitud de gente rodeaba la tumba, e hijas y nietos veían bajar con sinsabor el cajón hacia el hoyo, casi más tristes por su fealdad que por la partida de su madre y abuela. Fue un funeral sin altivez.
Entretanto, al otro lado del cementerio, Cristina le dejaba un ramo de flores a la lápida de su hermana, mientras le decía riéndose: -si eres graciosa, Lucy, no te buscaste nada para ti en la vida y te viniste a robar un ataúd después de muerta-.
Laura Santamaría Buitrago

Gracias Laura. De verdad es satisfactorio, por no decir emocionante, recrearse en un cuento hecho con la sutileza y la cadencia de una buena pluma literaria. En este caso la tuya En hora buena por tu obra. Disfruté mucho el «servicio de alquiler»
Hola Laura que buena fue tu inspiración de algo tan efímero cómo es lamuerte y de sencillo como es es un velorio gracias lo disfruté mucho