Sala 72

Por: Laura Santamaría Buitrago

Las aspas de la brilladora sonaban, monótonas, contra la baldosa. Margarita la llevaba y traía en una repetición sin fin. Corrían ya los últimos viajeros con sus maletas engorrosas y sus chaquetas a medio poner, en una carrera frenética por volver a casa antes de las doce. El tráfico de Bogotá, monstruoso, amenazaba con hacerles perder la hazaña. 

El Dorado se iba vaciando mientras Margarita seguía en su rutina de limpiador con olor a pino. Empezó con las llegadas internacionales y, cuando cesaron los vuelos, continuó en el segundo piso, donde estaban las salas de espera. Tras despedirse de las oficiales de control que terminaban su turno, prendió la brilladora, que llenó el recinto solitario con su sonido de modorra. Una a una, Margarita fue recorriendo las salas. Recogió vasos sucios, recibos de compra, servilletas usadas y uno que otro objeto olvidado por un pasajero en medio del afán. 

Al llegar a la sala de espera número 72 vio que de pie, entre las sillas, estaba un hombre. Era alto, robusto y con barba profusa. Vestía todo de negro. El hombre miraba fijamente hacia una caja que tenía entre las manos. No llevaba equipaje. Margarita se quedó mirándolo a escondidas.

El hombre volteó hacia ella inmediatamente, como si la hubiese sentido llegar, y le hizo señas para que se acercara. Ella caminó sigilosa hacia él. Cuando estuvo en frente del sujeto, este le dijo, señalando la caja: -Tengo que entregar esto antes de las doce, Margarita. No sé si voy a lograr llegar, pero usted va a ayudarme-.

Ella se quedó mirando al hombre, atónita. Luego giró hacia una de las pantallas y vio que el reloj ya marcaba las once y cuarenta. Así que dejó de lado el aturdimiento, tomó al hombre del brazo y le pidió que la siguiera. Tenía un amigo taxista que siempre se estacionaba al final de la noche a las afueras del aeropuerto, esperando por un último viajero con dinero y afán suficientes. Tal vez él podría ayudarles.

Mientras caminaban, con prisa, el hombre le hablaba ansioso. Le contó que se extravió de dos compañeros que viajaban con él, quienes debían entregar dos cajas similares a la suya. Insistió en la importancia de cumplir con los tres encargos antes de las doce al mismo destinatario. Margarita prefirió no preguntar quién era.

Cuando llegaron a la salida, ya faltaban pocos minutos para la medianoche. Margarita, apiadada del desconocido, le pidió al hombre que la esperara en la puerta y fue corriendo al estacionamiento. Encontró al taxista tomando un tinto, recostado contra su vehículo amarillo. Margarita le explicó la situación y este estuvo de acuerdo en llevar al hombre.

Entretanto, dieron las doce. El sonido de la pólvora hizo retumbar los vidrios de El Dorado.

Margarita, apresurada, regresó a la puerta donde se quedó el hombre esperándola, pero solo encontró un montón de ropa y la caja encima. Recogió las cosas y se precipitó a buscarlo. Fue a los baños, a las tiendas de perfumes, a los cajeros automáticos, a los restaurantes, a las ventanillas de las aerolíneas. Nada. El hombre había desaparecido. 

Al no encontrarlo, volvió a la sala 72; tal vez el desconocido estaría allí, de pie entre las sillas. Esperó un rato, pero el hombre no regresaba y ella debía continuar con su turno, así que decidió abrir la caja. Con sigilo fue levantando la tapa, hasta que tuvo frente a sí la visión que la estremeció entera. Adentro de la caja brillaba oro, oro en estado puro. En una cantidad que, sabía, iba a transformar su vida. 

Miró hacia todos lados y no vio a nadie, tampoco al extraño sujeto dueño de la caja. Se levantó de la silla y continuó con su labor, como en cada noche. Cuando terminó, guardó la caja en su maleta, escondida entre el uniforme. Clareaba la madrugada del veinticinco de diciembre y  Margarita tomó un bus hacia su casa. 

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